Pobre Tucumán, mi viejo Tucumán

Tucumán, Jardín de la República, la Tierra de la Eterna Primavera, Eden de América, como la llamó el gran Sarmiento; hoy, paraíso de la delincuencia y la impunidad.

No es necesario ser un especialista para ver como ha avanzado el delito en los últimos tiempos. Ciertamente que hubo una disminución en los primeros tiempos de la cuarentena forzosa, pero ahora se manifiesta con todo su rigor. No hay políticas públicas para frenarla y muchos delincuentes que deberían estar entre rejas, andan sueltos por las calles. Faltan establecimientos carcelarios y junto a las cárceles superpobladas, las comisarías revientan de presos y en todos los casos, los detenidos y reclusos viven en condiciones infrahumanas.

Esta situación carcelaria ha sido denunciada por la prensa y se ha hecho eco la justicia. Nuestra sabia Constitución prescribe, que las cárceles “deben ser sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas”. En Tucumán no se cumple con este explícito mandato constitucional, las cárceles son inhabitables, infrahumanas y violatorias de elementales derechos humanos. Esto lo verificó la justicia y la Procuración Penitenciaria de la Nación.

Por nuestra parte lo venimos denunciando reiteradamente desde bastante tiempo atrás, y de manera detallada en nuestras notas de febrero de 2019.

Es un problema que se arrastra desde hace décadas y cada gobierno que pasa, mira para otro lado. Resolver el problema carcelario es la base para resolver el aumento imparable de la criminalidad. Si cuesta tanto resolver asuntos muy simples, como brindar un sistema de transporte, que es una responsabilidad elemental del Estado, más aún se les complicará resolver problemas más complejos. Los paros sucesivos del transporte dejan a los tucumanos de a pie con inusitada frecuencia, trastocando la vida de todos.

La crisis del transporte se está haciendo endémica como parece ser endémico el dengue en la provincia. Es que el mosquito Aedes aegypti ha derrotado a los funcionarios encargados de combatirlo y es de suponer que el verano próximo, la endemia tenga picos muy altos de contagios.

A la ciudadanía le agobia la alta criminalidad, una corrupción comprobada, como el asunto de las valijas de una legislatura que es la más cara del país, denunciado en su momento por el diario La Gaceta, el despilfarro de los fondos públicos de un Estado que presta muy malos servicios, la injustificable violencia policial que ha producido muertes, y una provincia sin transporte público, atemorizada por el Dengue, y por el miedo generado por el coronavirus, Tucumán por momentos se muestra descontrolada y muy lejos de ser el Sarmientino Edén de América. Más lejos aún de tener próceres como un Juan Bautista Alberdi, un Nicolás Avellaneda o un Julio Argentino Roca.

Pienso en Roque Sáenz Peña, el presidente que consagró el voto universal para los argentinos. Presentó su proyecto con estas palabras: “He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperanzas. Quiera mi país escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario, quiera el pueblo votar”. Poco después, ambas cámaras aprobaban la que empezó a conocerse como la Ley Sáenz Peña.

¿Sabe el pueblo votar? El sagrado acto de elegir gobernantes, se ha transformado en un “tome y daca” que obnubiliza la voluntad de los votantes. Se ha hecho habitual en los últimos años que, a cambio de prebendas y canonjías, se elijan malos gobernantes. No es lo que demandaba Sáenz Peña, un demócrata de Ley.